12 de mayo de 2013

Mira de frente a la vida


Cuenta la leyenda que un príncipe vivía solo en su gran castillo de piedras blancas. Cada tarde salía a pasear por su pueblo para hablar con sus súbditos, pues creía que era su deber estar en consonancia con su pueblo, hacer ver que él no era más que ellos, que era uno más… Alguien en quien podían confiar.

En uno de esos viajes conoció a una muchacha que le impresionó desde un principio. Era la hija del panadero, pero aún así tenía un notable cerebro. Era capaz de calcular mejor que él mismo e incluso sabía leer y escribir. También fue descubriendo poco a poco que tenía una imaginación magnífica.

Cada vez que bajaba al pueblo quedaban en el mismo sitio junto al bosque, un lugar donde nadie más pudiese verlos. Cada noche ella le contaba un cuento que inventaba durante el día y con el paso del tiempo, se acabaron enamorando. Él le juró que jamás podría querer tanto a una mujer, ella le correspondía a sus sentimientos, pero sabiendo la gran barrera que había entre ellos por su nivel de vida.

Cierta noche ella no apareció. Él la esperó toda la noche y ella no llegó. Caminó por todo el pueblo buscándola, sabiendo los sitios en los que podría estar, pero no estaba en ninguno de ellos. Finalmente llamó a la puerta de la panadería. Al abrir vio al padre de la muchacha… Lloraba. Entró con prisa en el interior, más allá de donde hubiese sido gentil entrar.

Allí estaba ella, tumbada en la cama como si durmiese. Estaba descansando, sí, pero descansaba para siempre. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos del príncipe, que marchó a su castillo ante la sorpresa de los panaderos, pues estos no conocían de la relación que mantenían.

Desde entonces el príncipe siguió acudiendo al lugar donde todas las noches se encontraban. Cada noche iba ahí esperando volver a verla, esperando a volver a reunirse. Todas las noches ella está con él, intenta comunicarse desde el otro lado. Le dice al oído que vuelva ahí cada noche, que ella estará esperándole.

Los días pasan, con ellos las semanas y los meses, y el príncipe seguía su rutina nocturna. Su aspecto en estos meses había empeorado, ya no parecía estar sano y se veía cada vez más débil. La muchacha, entristecida por este hecho, decidió que ya había llegado el momento de partir y dejar que él fuese feliz.

Se acercó a él en esa noche y le habló al oído, le dijo que el pasado es algo que no puede volver, que atarse a él es un error. Hay que mirar adelante, saber que, aunque no lo creamos, el futuro nos deparará nuevas aventuras, nuevos amores. Mirar a algo pasado sólo puede traer dolor y desesperanza, la vida sigue y hay que mirarla de frente.

El príncipe la escuchó, captó ese mensaje llegado desde la chica a la que había amado con todo su corazón y se levantó del lugar donde estaba sentado. Caminó de vuelta a su hogar y desde aquel momento decidió que nunca más volvería a aquel lugar, que nunca más se dejaría caer en la tristeza porque, como ella le había dicho, la vida sigue y hay que mirarla de frente.

1 comentario:

  1. Oh... Qué triste. Leyendo el principio, tan jovial, no me había esperado este desenlace. La vida sigue, y hay que saber seguirla.

    Y eso es lo peor.

    Triste, pero cierto. Magnífico relato. ^^

    Besos,
    HTR.

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