El despertador sonó como cualquier otro día. Los pájaros piaban en el
exterior y el sonido de los pocos coches que pasaban por esa urbanización.
Laura apagó el despertador con suavidad y se quedó mirando hacia el techo. Una
sonrisa apareció en su rostro al verlo. Se levantó ilusionada. El olor al
desayuno se colaba por la rendija de la puerta de su cuarto, que se
encontraba entreabierta. Su dormitorio era tres veces mayor que la habitación
en la que solía vivir, su propio armario era casi tan grande como aquella otra. Fue rápido hacia el mismo y lo abrió. Una nueva sonrisa apareció en
su rostro al ver la cantidad de colores que aparecían en la ropa, podría
pasarse mucho tiempo pensando la combinación de perfecta para ir a su
nuevo colegio, pero no tenía tiempo. Cogió una blusa verde que combinó con unos
pantalones vaqueros. Miró un par de veces su reflejo en el espejo asegurándose
de que le quedaba bien y asintió con una sonrisa aprobando su vestimenta.
Agarró la mochila que descansaba junto al escritorio y bajó las escaleras de
dos en dos.
María le mostró una amplia sonrisa cuando la vio aparecer. La joven se
mordió el labio al ver el desayuno. Un plato de donuts, una jarra de leche y
otra de zumo de naranja descansaban en la mesa de la cocina esperándola.
- Buenos días, Laura. ¿Todo bien? – dijo mientras le ofrecía asiento en
la mesa. La muchacha asintió tímidamente en su silla y se puso a comer uno de
los donuts, cogiendo pellizcos del mismo con el dedo índice y pulgar.
- Gracias, ma… má… - le dijo a su madre una vez que había terminado de
comer el donut. Se bebió el vaso de leche y se levantó de la mesa.
- ¿Estás preparada para tu primer día de colegio? – le preguntó María
y ella asintió, cogiendo la mochila.
- Estoy nerviosa… - dijo Laura, entrelazando sus manos con
nerviosismo.
- Es normal – dijo María, acariciando con suavidad su cabello. – ya verás
como todo te va bien.
Laura asintió a las palabras de María y le sonrió. Ésta le dio un beso
en la mejilla y le indicó que tenía que salir ya, porque el autobús escolar
llegaría enseguida.
- ¡Mucha suerte en clase, Laura! – le dijo y Laura se lo agradeció con
una sonrisa mientras se dirigía hacia la parada de bus, que estaba a apenas
unos metros de su casa.
Ese día era el que empezaba una nueva vida para ella. Abandonaba sus
años de orfanato, los años de tristeza y abandono. Por fin iba a empezar a
vivir y a partir de ahora todo iría bien.
La vida siempre da una segunda oportunidad.