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26 de abril de 2013

El Vacío de la Gran Ciudad - Parte II

- Quedaos donde estáis – dijo una voz femenina a la espalda de los chicos, se giraron ambos y vieron una escopeta apuntando entre ellos. Una mujer joven, de unos 25 años, empuñaba aquella arma. Tenía pelo moreno, ojos azules - ¿Vais armados? – dejó al chico en paz y se acercó a James, al que cacheó. Una vez hecho este procedimiento pareció relajarse. - ¿Habéis visto lo que pasó? ¡Están en las fotos! – dijo la chica.

- ¿En las fotos? ¿A qué te refieres? – preguntó James.

- ¿No lo sabéis? Esta madrugada… Estaba en casa y… mi hijo… ¡Joder! ¡Ese fogonazo morado lo hizo desaparecer! ¡Vi como se convertía en una foto!

Los chicos la miraron sin poder creérselo, aunque después de lo que habían visto ya nada les parecía demasiada locura. No sabían cómo había ocurrido, lo único que sabían es que querían que todo volviese a ser como antes.

- Tranquila. – dijo James poniendo su mano en el brazo de ella. – seguro que conseguimos saber qué pasa y podemos hacer que vuelva. – acaricia con suavidad su brazo, intentando tranquilizarla, y se lo suelta. – Mi nombre es James y este pequeño es Mark, me lo he encontrado antes cuando salía de su casa. – dio un par de pasos hacia atrás y miró el arma de la mujer, podría venirles bien.

- Katherine, me llamo Katherine. – dijo ella escondiendo su arma tras su cuerpo.

- Bien, Katherine, ¿viste quiénes eran? ¿Quién nos atacó? – la mujer negó con la cabeza ante la pregunta de James. Mark estaba entre ambos, bastante cerca, porque tenía miedo de que le pudiesen ver los atacantes.

- Ni idea, sólo vi aquel resplandor y después… Mi hijo… - tragó saliva intentando calmarse y que las lágrimas no se escapasen, no quería verse vulnerable delante de los chicos.

- Deberíamos movernos. – dijo Mark, hablando mucho tiempo después. Se estaba poniendo nervioso por el miedo a que pudiesen verlos.

Los otros dos asintieron y comenzaron a caminar de nuevo entre los callejones. Se mantenían en silencio e iban con cuidado cada vez que alcanzaban un cruce, mirando por si había algún enemigo o alguien más que sumar a su grupo. No encontraron a nadie. El silencio predominaba en el lugar, ni siquiera se escuchaban ruidos de animal alguno, parecía que toda vida había sido erradicada de la ciudad… o de la tierra.

- ¿Conoces alguna armería por aquí, Kath? – preguntó James.

- No me llames Kath, no me conoces. – dijo la chica girándose hacia el hombre con gesto furioso.

- Tranquila, no lo haré más. – dijo él dando un par de pasos hacia atrás. – Bien, ¿conoces alguna armería por aquí, Katherine? – repitió su pregunta, con un toque de sarcasmo en su voz.

- Si no me equivoco hay una a unas tres manzanas de aquí, ¿has disparado alguna vez? – se echó el pelo hacia atrás mirando al hombre de forma retadora, dudando de su capacidad con las armas.

- Claro que he disparado, ¿qué te crees? – contestó él ofendido por la pregunta de Katherine. La reacción provocó que la chica se riese.

Katherine les guió hasta la armería, que estaba cerrada. Era la primera vez que salían a una calle principal desde que se habían encontrado y lo que vieron les asustó más que las cosas que habían visto en las películas post-apocalípticas. En éstas los edificios solían aparecer en ruinas, había coches destrozados por las calles y mucha suciedad. Sin embargo, lo que estaban viviendo era diferente. Las calles estaban como siempre, coches impolutos detenidos en mitad de las calles, los edificios aparecían bien cuidados. La sola visión de esto era escalofriante.

Katherine se acercó al escaparate y lo rompió con la parte trasera de su arma. La alarma comenzó a sonar con un ruido que parecía retumbar por toda la ciudad. Casi de inmediato empezaron a escuchar un sonido diferente, era como un zumbido electrónico, a la vez que el sol parecía apagarse. Al levantar se les heló la sangre al ver un gran artefacto de forma hexagonal acercándose.

- ¡Corred! ¡Todos dentro! – gritó Katherine instándoles a esconderse dentro de la tienda.
Mientras los tres entraban en la armería, la nave lanzó otros rayos de color amarillo por la calle en la que se encontraban, haciendo aparecer unos seres de aspecto cercano al humano, pero con un cuerpo y cabeza más grande y aspecto más blanquecino.

- ¿Son extraterrestres? ¿Cómo en las pelis? – preguntó Mark, que se había sentado junto a Katherine tras el mostrador. James cogió una pistola que había en la parte de atrás y se cercioró de que estaba cargada.

- ¿Sois James, Mark y Katherine? – preguntó una voz desde el exterior de la tienda, a los tres les resultaba conocida. La primera en mirar por encima del mostrador fue Katherine.

- ¿Presidente? – Preguntó ella sorprendida y se levantó de su posición - ¿Qué hace aquí? ¿Está con ellos? – dijo apuntándole, sin fiarse de él.

- Usted debe ser Katherine – contestó el presidente levantando sus brazos. – Estamos al tanto del ataque y estamos siguiendo a los supervivientes, la nave que habéis visto es un proyecto secreto del gobierno de Estados Unidos. Venid con nosotros. – Katherine bajó la mirada hacia sus compañeros sin saber qué hacer, parecía bastante plausible esa posibilidad, ningún ciudadano normal sabía qué proyectos tenía la inteligencia militar estadounidense.

Finalmente decidieron confiar en el presidente y se levantaron. Katherine bajó su arma y James guardó la pistola en su pantalón. Salieron uno por uno de la tienda y vieron que en el exterior los hombrecillos blancos estaban apuntándoles con las armas.

- ¡DISPARAD! – gritó entonces el presidente.

17 de abril de 2013

El Vacío de la Gran Ciudad - Parte I


Los días comenzaban siempre temprano para Mark. El chico acudía al instituto cada día y esto le obligaba a despertar a las ocho de la mañana. Los quince años le estaban resultando bastante duros. No era de los más populares del instituto, de hecho apenas sabían de su existencia más gente que su grupo de amigos. Seguramente fuese por su ligero sobrepeso, por las gafas, por su piel pálida llena de pecas o por ese pelo rojo que él tanto odiaba. Fuese cual fuese la razón, en el Nueva York de 2012 ese aspecto no era el más aceptado por los adolescentes.

La noche anterior se había dormido viendo una película en el ordenador y al despertar le dolía una de las orejas por culpa de los auriculares. Nada más despertar se los quitó y encendió el ordenador, que había quedado en suspensión. Miró Facebook y Twitter, como siempre no había ningún mensaje para él. Eso no era raro, no solía recibir mensaje alguno, lo raro era que parecía que nadie había publicado nada en ninguno de los dos lugares, los timeline de ambas redes sociales estaban inactivos desde hacía unas cinco horas. El ceño fruncido de Mark denotaba lo extraño que eso era, pero no le dio mayor importancia y apagó el ordenador.

Tras ponerse la ropa para ir al colegio miró que todo estuviese en su mochila antes de abandonar su habitación. La casa estaba silenciosa, no se escuchaba el sonido de la televisión, ni de sus padres hablando. No se oían los sonidos típicos que se escuchan cuando una familia está  desayunando.

- ¿Mamá? ¿Papá? – llamó Mark, sin obtener respuesta. No se puso nervioso, no era la primera vez que sus padres se iban a trabajar antes de que él se despertase. Llegó a la cocina y vio que el desayuno ni siquiera estaba preparado para él, debían haber salido con mucha prisa aquel día.

Se preparó un desayuno simple de tostadas con mermelada y un vaso de leche y encendió la televisión… Fue pasando los canales uno a uno, pero en ninguno aparecía nada. Platós vacíos, estadios sin gente y teletienda era lo único que aparecía en la programación.

- ¿Qué diablos pasa? – dijo Mark para sí mismo mientras se levantaba sin terminar aún su desayuno. Recogió su mochila y salió de su casa en dirección al instituto.

La calle estaban vacías, ni una sola persona caminaba por aquella zona, ni un automóvil circulaba por la carretera. Parecía que todo el mundo hubiese desaparecido, todos menos él. Dejó caer su mochila tras él en la puerta de su casa y comenzó a correr. La ansiedad se estaba adueñando de su mente, el nerviosismo cada vez era mayor y no sabía qué hacer, ni a dónde ir. Empezó a gritar, empezó a buscar por todas partes una sola persona, pero sólo estaba él. Sus padres había desaparecido, sus pocos amigos no estaban. Se dejó caer al suelo de rodillas y empezó a llorar.

- Chico, ¡chico! – escuchó a su izquierda y levantó la mirada. Un hombre de unos treinta años le llamaba desde un callejón. Llevaba su pelo castaño con una melena por los hombros y sus ojos grises invitaban a confiar en él. Mark siempre había escuchado de sus padres que nunca debía acercarse a un extraño, pero dadas las circunstancias concluyó no tenía más opciones.

- ¿Qué está pasando? ¿Dónde está todo el mundo? – preguntó Mark al desconocido, el nerviosismo y la angustia era notable en su voz.

- No lo sé, no lo tengo claro. Algo nos ha atacado, no sé si serán los rusos, los coreanos o qué coño nos ataca, pero de repente toda la gente desapareció. Eres la primera persona que veo desde esta madrugada. - contestó el hombre, con voz grave y serena. – Por cierto, mi nombre es James. – extendió la mano para presentarse.

- Yo soy Mark. – contestó con timidez el chico tomando la mano del hombre con educación. - ¿Están todos muertos? – preguntó con lágrimas en los ojos.

- No lo sé, chico, no sé qué ha sido de ellos. No hay cuerpos por la calle, no parece haber víctimas. Parecen haber desaparecido. – Mark miró al suelo con preocupación y James le puso una mano sobre su hombro – tranquilo, chaval, conseguiremos saber qué es lo que pasa aquí y los traeremos de vuelta. – le dijo intentando darle ánimos, aunque ni siquiera él estaba seguro de que eso fuese a ser así. – Movámonos, no sé si será seguro quedarnos quietos en un lugar. – Mark asintió y comenzaron a moverse sin caminar por ninguna calle principal, James parecía temer que pudiesen observarles si se mostraban en una zona abierta.

- Fue como un fogonazo, ¿sabes? – dijo, explicándole a Mark lo que había pasado. – yo estaba durmiendo y ese fogonazo me despertó. Pensé que había sido un rayo, el ruido de una tormenta, pero al mirar por la ventana vi que no había nadie por la calle, no podía dormir así que fui a la tele... En las televisiones de noticias sólo se veía una imagen fija del plató y en Internet todo parecía parado. – Mark recordó que esa misma mañana a él le había pasado lo mismo al mirar su ordenador y al intentar ver la tele, pero no quiso comentarlo.

- Quedaos donde estáis. - dijo una voz femenina a la espalda de los chicos.